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Dos millones de robots y una pregunta sin responder: la apuesta industrial de China
Mientras los Juegos Mundiales de Humanoides llenaban titulares con robots que boxean, corren y desfilan, la transformación que de verdad importa ocurría lejos de los focos: dentro de las fábricas y las aulas chinas. La BBC ha recorrido unas y otras.
Lo que encontró en las plantas industriales no baila ni salta en un escenario. Son máquinas que sueldan, pintan, levantan cargas y ensamblan piezas las veinticuatro horas, sin descansos ni prestaciones laborales, y algunas están concebidas para construir más robots. En el país trabajan ya más de dos millones, más que en ningún otro lugar del planeta, y de sus fábricas sale más de la mitad de todos los robots industriales que existen. Es la cara visible del plan de 20.000 millones de dólares con el que Xi Jinping quiere colocar a China en la vanguardia de la innovación, en competencia directa con Estados Unidos.
Un brazo robótico y treinta trabajadores de mediana edad
En una fábrica de Chengdu conviven las dos épocas. Una treintena de operarios de mediana edad monta a mano el producto estrella de CRP Technology, un brazo robótico industrial: atornillan, perforan y pulen. En la misma sala, cuatro ingenieros jóvenes pelean con un prototipo pensado para fabricar otros robots.
Uno de ellos, Pang Kai, de 31 años, tiene que empujar la estructura por la sala: de momento el prototipo solo encadena movimientos repetitivos sencillos, como escanear un código QR. «Quizás dentro de otros seis meses pueda realizar otra tarea», dice.
La empresa lleva nueve años haciendo brazos robóticos con unos 300 empleados, y sostiene que uno solo puede programarse para más del 90% de las tareas repetitivas. La ambición de Pang va bastante más lejos: «Queremos que nuestro nuevo robot sea como un ser humano. Esperamos que pueda pensar por sí mismo».
La razón demográfica
Detrás de la prisa hay una aritmética incómoda, y el propio Pang la formula sin rodeos: «Necesitamos este tipo de robots porque quizá dentro de diez años no tendremos suficientes trabajadores en China».
Los números acompañan al temor. Las estimaciones oficiales calculan que en 2035 más de un tercio de la población superará los 60 años, y algunos cálculos apuntan a que China se dejará por el camino unos 60 millones de habitantes en la próxima década, casi el equivalente a Francia entera. La automatización debería cubrir ese hueco antes de que golpee a una economía que ya da señales de frenazo.
El riesgo está en el ritmo. Unos 120 millones de personas siguen empleadas en la manufactura, así que correr demasiado convertiría el remedio en un problema social de primer orden.
Hasta dónde llega la máquina
Cao Li, vicepresidente del fabricante de coches eléctricos Leapmotor, rebaja el entusiasmo desde dentro: «En teoría, las máquinas pueden trabajar las 24 horas del día, lo que sin duda supone una ventaja frente a los trabajadores humanos. Pero también requieren mantenimiento. Todos los días debemos dedicar tiempo a eso y, cada mes, la línea de producción necesita inspecciones y reparaciones».
Su planta de Hangzhou emplea a más de 25.000 personas y usa robots en todas las etapas; al final de la línea, cientos de humanos siguen haciendo las comprobaciones finales. Aun así, reconoce hasta dónde han llegado: «En los talleres de estampación, soldadura y pintura, básicamente hemos alcanzado una automatización del 100%».
El cuerpo y el cerebro
La ventaja china es industrial. La doctora Susanne Bieller, al frente de la Federación Internacional de Robótica como secretaria general, se lo resume así a la BBC: «Si quieres construir un robot en Shenzhen, existe todo un ecosistema. Se tarda menos de una hora en conseguir los componentes necesarios para fabricarlo. En Europa puede llevar hasta una semana».
Bieller añade el matiz decisivo: China es muy buena construyendo el cuerpo del robot, pero Estados Unidos sigue por delante en el cerebro, esto es, en la inteligencia artificial que lo programa. Firmas chinas como DeepSeek y Moonshot aseguran competir ya con lo mejor del otro lado, apoyadas en el código abierto y aun con los vetos que Washington impone a la venta de chips punteros.
De ahí la inversión en las aulas. En el Instituto Técnico de Hangzhou la formación puede empezar a los 15 años, y Chen, un profesor de 28 que dedica su tiempo libre a visitar fábricas, no le endulza el panorama a sus alumnos: «Si el mundo de la IA y la robótica no los necesita, entonces definitivamente estarán entre los que serán reemplazados». En un país donde uno de cada cinco jóvenes no encuentra trabajo, asegura que a los suyos las empresas los reservan antes de que terminen los estudios.
Queda la pregunta que nadie responde, con una crisis inmobiliaria abierta, deuda municipal y un consumo débil de fondo: si los robots crearán prosperidad o se limitarán a ocupar los puestos. El propio Chen lo admite sin disimulo: «Y yo les respondo que no lo sé. La tecnología está cambiando demasiado rápido. Pero no podemos quedarnos quietos ni dormirnos aquí. Tenemos que seguir avanzando para descubrir de qué somos capaces».
Fuentes
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